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La verdadera Copa: evangelización, celo y teología en el Mundial 2026

📅 July 16, 2026 🏷 Noticias

La verdadera Copa: evangelización, celo y teología en el Mundial 2026

Cinco mil millones de espectadores. Más de un millón de turistas. Miles de creyentes en las afueras de los estadios. Pero cuando el mundo entero grita «victoria», ¿de qué victoria estamos hablando realmente?

Mientras usted lee esto, el torneo más visto del planeta entra en su acto final. De los cuarenta y ocho equipos que comenzaron, quedan dos: España y Argentina, que se enfrentarán el domingo 19 de julio en el MetLife Stadium de Nueva Jersey. España cayó de pie ante Francia con un contundente 2-0; Argentina fulminó a Inglaterra 2-1 con goles tardíos. La Albiceleste de Messi busca ser el primer bicampeón desde el Brasil de 1962. La Roja persigue su segundo título tras Sudáfrica 2010.

Pero fuera del césped ocurre otro torneo, uno del que las cámaras de FOX y Telemundo no informan. Y ese es el que nos interesa aquí.

Lo que está pasando fuera de los estadios

Según informó CBN Mundo Cristiano el 13 de julio, más de un millón de turistas de todo el mundo han llegado a Estados Unidos, Canadá y México para el evento. Y allí, en las inmediaciones de los estadios, hay creyentes esperándolos.

En Seattle, junto al Lumen Field, ha estado predicando Jesse Bradley, exfutbolista profesional convertido en pastor y evangelista. Su descripción del trabajo es sobria, casi antiheroica:

Mucha gente viene a orar porque tenemos equipos de oración que están orando por la evangelización, pero también están disponibles. Mucha gente simplemente sigue caminando, pero están escuchando. Puede que solo tengas un minuto para que te oigan. Sabes que puedes sembrar semillas y que luego seguirán pensando en ello.
Jesse Bradley, en declaraciones a CBN News

Nótese la teología implícita en esa frase, porque es mejor de lo que parece a primera vista. Bradley no dice «cerré tres ventas hoy». Dice: siembras semillas. Volveremos sobre esto.

Otro frente lo dirige Garrick Pang, misionero a tiempo completo del Mundial, al mando de Victory Seattle. Su método más eficaz, según cuenta, ha sido repartir miles de «dedos de espuma» —esos guantes gigantes de hincha— junto con folletos de oración del ministerio británico tryPRAYING, un programa de una semana que, al final del recorrido, introduce al lector en lo que significa seguir a Jesús.

Todo esto se enmarca en un proyecto mayor: Victory Beyond the Cup («Victoria más allá de la Copa»), organizado por el ministerio Cru.

Los números del operativo

  • Origen: el proyecto arrancó hace cuatro años, apenas terminó el Mundial de Qatar 2022. No fue improvisación.
  • Dirección: Heather Reddy, capellana de larga data de la selección femenina de Estados Unidos a través de Athletes in Action, y exfutbolista universitaria.
  • Meta declarada: equipar a 100.000 creyentes y movilizar 10.000 iglesias.
  • Resultado real: antes del primer partido, Cru ya había distribuido kits a 75.000 pastores y 67.000 personas en 110 países.
  • Socios: Fellowship of Christian Athletes (FCA), Alpha USA, I Am Second, tryPRAYING, entre otros.
  • Contenido de los kits: tarjetas de oración, iniciadores de conversación, explicaciones del fútbol para los que no saben nada del deporte, e incluso recetas de comida.

La lógica de la campaña es de una sencillez desarmante. Reddy la resumió así: «Con tanta gente interactuando con este evento global, ya sea viéndolo con amigos, revisando los marcadores o incluso asistiendo a un partido, la oportunidad de impacto del evangelio es demasiado grande como para desperdiciarla». Y añadió un dato sociológico que vale oro: casi el 15% de la población estadounidense nació en otro país. La invitación es a abrir la casa. «Ese podría ser tu paso de fe este verano», dijo, «simplemente invitar gente a tu casa por primera vez».

En Kansas City la operación fue más frontal. Voluntarios trabajaron con un inventario de 10.000 tratados evangelísticos del Yellow Card Initiative, un ministerio que usa el lenguaje del fútbol —tarjetas amarillas literales, como las que muestra el árbitro— para provocar conversaciones espirituales. El mensaje: puedes ignorar la tarjeta, o «puedes volverte a Jesús, quien recibió la tarjeta roja por ti». Hubo evangelismo carpa por carpa en campings, iglesias en Raytown operando ministerios casi 24/7 en senderos peatonales, y una congregación al norte de la ciudad repartiendo agua junto con voluntarios a toda hora.

Y un cálculo que desarma cualquier romanticismo misionero: en vez de gastar miles de dólares en volar al otro lado del mundo, se podía «gastar 40 dólares y manejar al centro para conocer a la misma gente».

No todo fue predicación. ReHope, un ministerio que ofrece vivienda segura a sobrevivientes de trata sexual, más que duplicó sus camas anticipando el aumento del tráfico humano que acompaña a estos eventos. El Ejército de Salvación amplió su base de voluntarios para el reparto diario de comida en campamentos de personas sin hogar. Eso también es evangelio con manos.


Ahora la parte incómoda: ¿qué victoria?

Aquí es donde un blog reformado tiene que hacer su trabajo, que no es aplaudir por reflejo ni criticar por reflejo, sino examinar.

El nombre de la campaña —«Victoria más allá de la Copa»— es un juego de palabras hermoso y peligroso a la vez. Hermoso, porque señala correctamente que hay una victoria que no se levanta en un podio de Nueva Jersey. Peligroso, porque el lenguaje deportivo tiene una gravedad propia: arrastra el concepto de victoria hacia la categoría del logro. En el fútbol, la victoria se gana. Se entrena, se suda, se merece. Once contra once.

El Evangelio dice exactamente lo contrario.

«Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.»
— 1 Corintios 15:57

Fíjese en el verbo. Dios da. No premia, no adjudica, no entrega tras revisión del VAR. Da. La victoria cristiana no es un trofeo levantado por el creyente; es un trofeo levantado por Cristo, y el creyente está unido a Él por fe. Nosotros no ganamos el partido: fuimos comprados por el que lo ganó solo.

Por eso la imagen del Yellow Card Initiative, con todo lo ingeniosa que es, merece una nota al pie teológica. «Jesús recibió la tarjeta roja por ti» es una metáfora de sustitución penal, y en ese sentido es correcta y valiosa. Pero una tarjeta roja expulsa temporalmente a un jugador de un juego. La cruz absorbió la ira eterna de Dios contra el pecado. Toda analogía cojea; esta cojea del lado de minimizar lo que estaba en juego. Úsela como puerta de entrada, jamás como resumen del evangelio.

Sembrar y no contar la cosecha

Y sin embargo, escuche de nuevo a Jesse Bradley: «puedes sembrar semillas y luego seguirán pensando en ello». Esa frase es más reformada que muchos sermones que se predican desde púlpitos que dicen serlo.

«Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento.»
— 1 Corintios 3:6-7

El evangelista que sabe que tiene sesenta segundos y que la mayoría seguirá caminando ha entendido algo que el evangelismo de resultados no entiende: el fruto no está en sus manos. Su tarea es la fidelidad; la de Dios es la eficacia. El que puede vivir con eso puede predicar sin manipular, porque no necesita arrancarle una decisión a nadie para justificar su presencia.

Ahí está la diferencia entre dos evangelismos que se ven idénticos desde la vereda de enfrente:

  • El que presiona, porque cree que la conversión depende de la técnica, la emoción del momento y la habilidad del comunicador. Cuenta manos levantadas.
  • El que proclama, porque cree que la conversión depende del Espíritu Santo obrando por medio de la Palabra. Cuenta oportunidades de ser fiel.

Los dos reparten el mismo folleto. Solo uno de ellos duerme tranquilo.

Los medios ordinarios, en un lugar extraordinario

Un reparo legítimo desde nuestra tradición: la evangelización de estadio corre el riesgo de ser un evento desconectado de la iglesia local, del bautismo, de la mesa del Señor, de la disciplina y del pastoreo. La Gran Comisión no dice «id y haced decisiones». Dice «haced discípulos… bautizándolos… enseñándoles que guarden todas las cosas» (Mateo 28:19-20). El discípulo nace en la calle, quizás; pero crece en la congregación.

Lo notable de este operativo es que, al menos en el papel, la estructura lo entendió. La estrategia central de Cru no fue el megaevento: fue la casa. Ver el partido con el vecino. Cocinar. Preguntar. Volver a invitar. Y Reddy insistió en que la oración es «el fundamento de este alcance de principio a fin». Eso no es pragmatismo: eso es reconocer que sin la obra soberana de Dios, todos los dedos de espuma del mundo son solo espuma.

Marchauna Rodgers, miembro del equipo de Cru en Spokane, lo dijo con una franqueza que da gusto: «No sé realmente nada de fútbol, pero me importa de verdad la Gran Comisión». Ese es exactamente el orden correcto de prioridades.


El ídolo que nadie quiere nombrar

Hay una última cosa que decir, y hay que decirla con cuidado, porque es la que menos gusta.

Cinco mil millones de personas —cerca del setenta por ciento de la humanidad— sintonizarán este torneo. Ninguna liturgia, ninguna doctrina, ninguna confesión de fe convoca a tanta gente al mismo tiempo. Y no es cinismo observarlo: es diagnóstico. Calvino escribió que el corazón humano es una fábrica perpetua de ídolos, y esa fábrica no cerró cuando se inventó el offside. Simplemente cambió de producto.

El fútbol tiene templos con nombres corporativos, cánticos memorizados, vestiduras sagradas, peregrinaciones transatlánticas, mártires, herejes, excomuniones y una escatología semanal. No es que el fútbol sea malo —es un buen regalo de un buen Dios, y jugar y disfrutarlo es legítimo—. El problema nunca es el don. El problema es que el corazón caído toma cosas buenas y las pone en el trono.

Por eso el mensaje de estos evangelistas es más subversivo de lo que ellos mismos quizás sospechan. Pararse afuera de un estadio y decir «hay una victoria más grande que esta» es, en términos estrictos, un acto iconoclasta. Es lo que hizo Pablo en el Areópago: no vino a destruir los altares atenienses con un martillo, sino a señalar el altar «AL DIOS NO CONOCIDO» y decir: a Este, pues, que vosotros adoráis sin conocerle, es a quien yo os anuncio (Hechos 17:23).

El aficionado que grita «victoria» todos los domingos está adorando sin saberlo. Está confesando, sin darse cuenta, que fue hecho para exultar en algo. La tragedia no es que celebre demasiado. Es que celebra demasiado poco, en algo demasiado pequeño, que se le acabará el 19 de julio a las cinco de la tarde.

El día después

El domingo, uno de los dos —España o Argentina— levantará la Copa. Al día siguiente, los mismos jugadores despertarán con las mismas culpas, las mismas mortalidades y el mismo vacío que tenían la semana anterior, solo que con un objeto de oro en una vitrina. Y los otros once volverán a casa a masticar una derrota que el mundo les recordará por décadas.

El evangelio le habla a los dos.

Al campeón le dice: esto no era suficiente y en el fondo ya lo sabes. Al derrotado le dice: hay una victoria que no dependía de ti y que no se te puede quitar. A ambos les dice lo mismo: la copa está en manos de Otro, y Él la ganó en una cruz, no en un estadio, y la comparte con todos los que confían en Él y con ninguno que confíe en sí mismo.

Así que sí: demos gracias a Dios por Jesse Bradley parado en la vereda del Lumen Field, sabiendo que tiene sesenta segundos y confiando en que la semilla no depende de su elocuencia. Demos gracias por Garrick Pang repartiendo dedos de espuma con la teología de un labrador. Demos gracias por las mujeres de ReHope que duplicaron camas para las víctimas que este circo global siempre produce. Demos gracias por las 67.000 personas en 110 países que abrieron su casa a un desconocido.

Y oremos —oremos de verdad, no como fórmula de cierre— para que el Señor, que no necesita mundiales pero se digna usarlos, haga con esas semillas lo único que ningún ministerio, ninguna campaña y ninguna estrategia puede hacer jamás: darles vida.

«Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.»
— Romanos 10:17

El torneo termina el domingo. La cosecha, no. Soli Deo gloria.

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