En el pensamiento moderno, incluso dentro de muchas iglesias, se ha levantado un ídolo: el mito del “libre albedrío” humano como una potencia independiente de la voluntad del Creador. Sin embargo, la teología reformada nos devuelve a una verdad tan antigua como las Escrituras: Dios es Dios, y como tal, se sienta en un trono que no comparte con nadie.
El Dios que hace lo que le place
La soberanía de Dios no es una teoría abstracta; es el ejercicio de su supremacía. Como bien señala el Catecismo Mayor de Westminster, los decretos de Dios son su propósito eterno, según el consejo de su voluntad, por el cual, para su propia gloria, ha preordenado todo lo que sucede.
Arthur W. Pink, en su obra clásica Los Atributos de Dios, no deja lugar a ambigüedades. Para Pink, una soberanía que no controla todo no es soberanía en absoluto:
“La soberanía de Dios significa que Dios es Dios de hecho, así como de nombre, que está en el trono del universo, dirigiendo todas las cosas, haciendo todas las cosas ‘según el consejo de su voluntad’. Si hay un solo electrón que se mueve fuera del control de la voluntad divina, entonces Dios no es soberano. Si hay un solo pecador que pueda resistir eficazmente Su gracia y frustrar Su propósito, entonces Dios no es omnipotente”.
La Soberanía sobre la voluntad del hombre
El punto más ríspido para el orgullo humano es la soberanía de Dios sobre las decisiones personales. A menudo se piensa que Dios “reacciona” a lo que el hombre decide, pero la visión reformada invierte este orden. Dios no es un espectador de la historia humana; Él es su autor.
Pink es incisivo al explicar cómo la voluntad del hombre está subordinada al decreto divino:
“Dios no se limita a observar lo que sucede en la tierra, sino que Él mismo es quien lo produce. El hombre propone, pero Dios dispone. El corazón del hombre puede trazar su camino, pero el Señor dirige sus pasos. Afirmar que el hombre tiene una voluntad que es libre de elegir lo que quiera, independientemente de la influencia de Dios, es despojar a Dios de Su deidad y convertir al hombre en un dios”.
Esta soberanía se extiende incluso a las acciones más oscuras del hombre. No es que Dios sea el autor del pecado, sino que gobierna sobre él para sus fines santos. Como dice R.C. Sproul: “No hay una sola molécula rebelde en el universo que actúe fuera de la jurisdicción del Rey”.
Un consuelo inquebrantable
Para el teólogo reformado, esta doctrina no es motivo de temor, sino de descanso profundo. Si Dios es soberano sobre cada detalle de mi vida —desde el latido de mi corazón hasta las crisis más profundas— entonces nada ocurre por accidente.
Charles Spurgeon, el “Príncipe de los Predicadores”, lo resumió con una pasión inigualable:
“No hay atributo que sea más reconfortante para Sus hijos que la soberanía de Dios. Bajo las circunstancias más adversas, en las pruebas más severas, creen que la soberanía los ha ordenado, que la soberanía los gobierna y que la soberanía los santificará a todos. No hay nada por lo que los hijos de Dios luchen con más celo que por el dominio de su Maestro sobre toda la creación”.
Conclusión
Reconocer la soberanía absoluta de Dios es el principio de la verdadera adoración. Es humillar el “yo” hasta el polvo y elevar la gloria de Dios hasta los cielos. Cuando aceptamos que Él es el alfarero y nosotros el barro, dejamos de exigir explicaciones y comenzamos a ofrecer alabanza.
Como concluye Pink:
“Un Dios soberano es el único Dios que puede ser objeto de confianza para una criatura pecadora y desamparada. Solo aquel que tiene todo el poder en el cielo y en la tierra puede garantizar la salvación y la seguridad eterna de Su pueblo”.
¿Qué piensas sobre esta doctrina? ¿Te resulta difícil de aceptar o te trae paz saber que Dios tiene el control total? Déjanos tu comentario abajo.