A los ojos del mundo moderno, la vida trata de acumular: títulos, ceros en la cuenta bancaria, propiedades y estatus. La idea de tenerlo absolutamente todo y decidir, de forma voluntaria, dejarlo ir por una causa invisible parece, como mínimo, una locura. Sin embargo, en la economía del Reino de Dios, lo que el mundo llama locura suele ser la máxima expresión de sabiduría.
Esta es la historia de William Whiting Borden, un joven que nació con el mundo a sus pies, pero cuyo corazón anhelaba algo que el dinero no podía comprar.
El Peso de un Apellido: La Familia Borden
Para entender la magnitud del sacrificio de William, debemos entender primero de dónde venía. A principios del siglo XX, el apellido Borden era sinónimo de riqueza y éxito industrial en Estados Unidos. Su familia era dueña de la Borden Dairy Company, el gigantesco imperio de lácteos que revolucionó el mercado con la leche condensada y evaporada.
William nació en 1887 en Chicago, en el seno de la alta sociedad. Creció rodeado de sirvientes, mansiones y el confort que solo la élite de la “Guerra Dorada” (Gilded Age) estadounidense podía permitirse. Su futuro estaba trazado y asegurado: heredar, dirigir y expandir el imperio familiar. Sin embargo, a través de la influencia de una madre piadosa, William había conocido el Evangelio desde niño.
El Viaje que Cambió una Vida
En 1904, cuando William se graduó de la escuela secundaria a los 16 años, sus padres le dieron un regalo que cambiaría el curso de la historia: un viaje alrededor del mundo acompañado por el reverendo Walter Erdman.
Mientras sus amigos en Chicago se preparaban para heredar empresas, William viajó por Asia, Medio Oriente y Europa. Pero en lugar de ser deslumbrado por el turismo de lujo, sus ojos se abrieron a la profunda oscuridad y miseria espiritual del mundo no alcanzado. Al ver a miles de personas viviendo y muriendo sin haber escuchado jamás el nombre de Cristo, algo se quebró en su interior.
En una carta a su madre, el joven heredero escribió sobre la inmensa carga que sentía por los perdidos. Al regresar a casa, tomó su Biblia y en la parte de atrás escribió dos palabras que sellarían su destino:
“Sin reservas” (No reserves).
Había decidido que su fortuna, su intelecto y su vida entera le pertenecían al Señor.
El Estudiante que Desafió a Yale
A su regreso, William ingresó a la prestigiosa Universidad de Yale. Para sorpresa de sus compañeros adinerados, el heredero de la fortuna Borden no se sumergió en las fiestas de las fraternidades ni en la vida de lujos. En su primer año, comenzó a reunir a un pequeño grupo de estudiantes para orar por la mañana.
Lo que comenzó como una reunión de amigos se transformó en un movimiento espiritual. Al finalizar su tiempo en Yale, más de mil estudiantes se reunían en estos grupos de oración que él había iniciado. Además, utilizaba su dinero (el cual manejaba con extrema sobriedad) para fundar refugios y misiones de rescate para huérfanos, viudas y personas con problemas de alcoholismo en las calles de New Haven.
Al graduarse, las ofertas para asumir puestos directivos de altísimo nivel y sueldos astronómicos llovieron sobre su escritorio. Las rechazó todas. Su objetivo no era la sala de juntas, sino el campo misionero; específicamente, los musulmanes de la provincia de Kansu, en China. Frente a la incomprensión de sus amigos y de la alta sociedad que le decían que estaba “desperdiciando su vida”, William abrió nuevamente su Biblia y debajo de su primera promesa, añadió una segunda:
“Sin retroceso” (No retreats).
El Llamado, la Tragedia y la Soberanía de Dios
Para prepararse para su misión en China, William sabía que necesitaba aprender árabe y sumergirse en la cultura islámica. Así que, después de ordenarse al ministerio en el Seminario de Princeton, viajó a Egipto.
En El Cairo, estudió incansablemente, repartió tratados cristianos y sirvió a la comunidad local. Todo parecía estar encaminado hacia una larga y fructífera vida misionera en China. Pero los planes de Dios, en Su misteriosa y perfecta soberanía, eran diferentes.
Mientras estaba en Egipto, William contrajo meningitis espinal. La enfermedad avanzó con una rapidez brutal. A pesar de los esfuerzos médicos, William Whiting Borden murió a los 25 años, antes de haber pisado China, antes de haber logrado “la gran obra misionera” que todos esperaban de él.
Cuando la noticia llegó a Estados Unidos, los diarios se llenaron de titulares lamentando la tragedia. Muchos en el mundo secular murmuraban: “¡Qué desperdicio absoluto! Podría haber hecho tanto con su dinero. ¿Para qué tirar su vida así?”.
Pero cuando sus pertenencias fueron enviadas a su familia, encontraron su Biblia. Debajo de “Sin reservas” y “Sin retroceso”, escrita con letra temblorosa poco antes de morir, había una tercera y última frase:
“Sin arrepentimientos” (No regrets).
El Verdadero Fruto
¿Fue un desperdicio la vida de William Borden? Desde la óptica humana, quizá. Pero la historia nos cuenta que cuando se publicó la biografía de William y su testimonio de entrega radical, miles de jóvenes universitarios fueron inspirados a dejarlo todo e ir al campo misionero. El impacto de su muerte prematura encendió un fuego por las misiones en Estados Unidos que generó más obreros para la cosecha que los que él jamás habría podido alcanzar en 50 años de ministerio personal.
Borden entendió una verdad teológica fundamental: nuestra vida no es nuestra. La verdadera tragedia no es morir joven o lejos de casa; la verdadera tragedia es vivir una vida larga y cómoda invirtiendo en cosas que el fuego de la eternidad consumirá.
William Borden dejó su corona terrenal para abrazar una cruz, y al hacerlo, ganó una herencia incorruptible. Hoy, su vida nos lanza una pregunta incómoda pero necesaria: Y tú, frente a la inmensidad del Evangelio, ¿estás viviendo sin reservas, sin retroceso y sin arrepentimientos?