Calvino y el Nuevo Mundo: La primera misión protestante en Brasil

cristobal 24 April 2026 8 min de lectura
Calvino y el Nuevo Mundo: La primera misión protestante en Brasil

Hay una historia que pocos conocen, y que merece ser contada con la atención que se le daría a una epopeya. No ocurre en los salones de Ginebra ni en los debates teológicos de la Reforma europea. Ocurre en una bahía del Nuevo Mundo, rodeada de selva tropical, entre hombres que cruzaron el Atlántico con la Biblia en la mano y la convicción de que el evangelio de la gracia soberana no tenía fronteras geográficas. Esta es la historia de la primera misión protestante en las Américas, enviada directamente por Juan Calvino desde Ginebra hacia las costas de Brasil.

Corría el año 1555.

Europa ardía en conflictos religiosos, y Calvino gobernaba espiritualmente Ginebra con una pluma infatigable y una convicción inquebrantable. Pero su visión nunca fue puramente local. Calvino entendía que la Reforma no era un fenómeno europeo, sino el redescubrimiento de un evangelio universal. Y cuando llegó a sus oídos la noticia de que Francia estaba estableciendo una colonia en las costas de América del Sur, no dudó en ver en ello una providencia divina.

El almirante Nicolas Durand de Villegagnon había zarpado de Francia ese mismo año con una flota considerable, con el propósito de fundar lo que sería conocida como la France Antarctique, una colonia francesa en la bahía de Guanabara, exactamente donde hoy se levanta la ciudad de Río de Janeiro. Villegagnon era un hombre complejo, culto, veterano de guerras y navegaciones, y en ese momento se mostraba simpatizante de las ideas reformadas. Escribió al propio Calvino solicitando que le enviara pastores y creyentes que pudieran establecer una comunidad cristiana genuina en aquellas tierras. La carta fue recibida en Ginebra con entusiasmo.

Calvino respondió con acción. Organizó personalmente el envío de una delegación que partiría desde Francia hacia Brasil. El grupo estaba compuesto por unos catorce creyentes, entre ellos dos pastores ordenados: Pierre Richier y Guillaume Chartier, ambos formados en la tradición reformada, ambos conscientes de los peligros que implicaba el viaje. No eran aventureros en busca de fortuna. Eran hombres que habían comprendido la doctrina de la gracia y querían llevarla hasta los confines de la tierra. Partieron en noviembre de 1556 y llegaron a la bahía de Guanabara en marzo de 1557, luego de una travesía larga y penosa por el Atlántico.

Lo que encontraron al llegar no era exactamente un paraíso misionero. La colonia francesa estaba asentada en una pequeña isla, que hoy lleva el nombre de Ilha Serafim o simplemente se recuerda como la isla de Villegagnon. Las condiciones eran duras, los recursos escasos, y el liderazgo de Villegagnon resultó ser mucho más inestable de lo que su carta a Calvino había prometido. Pero los misioneros no habían cruzado el océano para encontrar comodidad. Habían venido a predicar.

Lo que sucedió a continuación fue algo extraordinario para su tiempo.

Los misioneros reformados establecieron en aquella isla la primera iglesia protestante de todo el continente americano. Se reunían para adorar, para estudiar las Escrituras, para celebrar la Cena del Señor según la comprensión reformada, es decir, sin la doctrina de la transubstanciación que Roma enseñaba. Richier predicaba con fervor, y el pequeño grupo de creyentes se sostenía mutuamente en una tierra extraña, rodeados de una naturaleza que nada tenía que ver con los paisajes europeos que habían dejado atrás.

Pero la luna de miel duró poco. Villegagnon comenzó a mostrar su verdadero carácter. Era un hombre que no toleraba las convicciones ajenas cuando estas contradecían su autoridad. A medida que los pastores reformados predicaban y enseñaban con fidelidad, el almirante fue enfriándose hacia ellos. El punto de quiebre llegó precisamente con la doctrina de la Cena del Señor. Villegagnon exigió que se adoptara una posición más cercana a Roma, afirmando la presencia corporal de Cristo en los elementos. Richier y Chartier se negaron con firmeza. La Palabra de Dios, decían, no podía ser torcida por decreto de ningún almirante.

La tensión escaló rápidamente.

Villegagnon expulsó a los pastores y a varios de los creyentes de la isla, desterrándolos al continente, a la costa brasileña, donde debieron sobrevivir como pudieron entre las tribus tupinambás que habitaban la región. Fue un momento de prueba extrema. Sin recursos, sin protección militar, en medio de una cultura completamente ajena, el pequeño grupo de reformados se encontró literalmente a la intemperie del mundo.

Algunos lograron regresar a Francia y llevar noticias de lo ocurrido. Sus testimonios fueron recogidos y publicados por Jean de Léry, uno de los miembros del grupo, cuyo libro Historia de un viaje a la tierra del Brasil se convertiría en uno de los documentos más fascinantes del siglo XVI, combinando etnografía, teología y memoria personal. Léry describió con detalle la vida entre los tupinambás, su encuentro con una cultura radicalmente diferente, y la manera en que la providencia de Dios lo sostuvo en medio de circunstancias que parecían imposibles. Calvino mismo leería este relato con profunda atención.

Pero la historia no termina con la expulsión.

Tres de los creyentes que permanecieron en la colonia, convictos de su fe y negándose a renunciar a las doctrinas reformadas, fueron apresados por orden de Villegagnon. Sus nombres merecen ser recordados: Jean du Bourdel, Matthieu Verneuil y Pierre Bourdon. Fueron acusados de herejía y ejecutados, arrojados al mar en la bahía de Guanabara en el año 1558. Fueron los primeros mártires protestantes del Nuevo Mundo. Murieron confesando la gracia soberana de Dios, negándose hasta el final a retractarse de lo que las Escrituras enseñaban.

Cuando la noticia llegó a Ginebra, Calvino no cayó en desesperación. Escribió sobre estos eventos con la misma sobriedad teológica con la que escribía sobre todo lo demás. La muerte de los mártires era, a sus ojos, no una derrota sino una siembra. La sangre de los mártires, había dicho Tertuliano siglos antes, es semilla de la iglesia. Calvino creía esto con genuina convicción.

La France Antarctique colapsó finalmente en 1565, cuando los portugueses, que reclamaban el territorio bajo el Tratado de Tordesillas, atacaron y destruyeron la colonia. Villegagnon había regresado a Europa años antes, y lo que quedaba de la empresa francesa en Brasil fue dispersado. Parecía que la aventura misionera había terminado en fracaso total.

Pero hay una perspectiva más larga con la que mirar esta historia.

Lo que Calvino inició en 1556 no fue un éxito inmediato, pero tampoco fue un fracaso definitivo. Fue una declaración. Una declaración de que el evangelio reformado tenía vocación universal, que la doctrina de la gracia soberana no era patrimonio europeo sino buenas nuevas para cada tribu, lengua, pueblo y nación. Aquellos pastores que cruzaron el Atlántico sabían perfectamente que Dios no salva por méritos humanos, sino por elección pura, por gracia inmerecida, por la obra perfecta de Cristo aplicada por el Espíritu Santo. Y esa doctrina, precisamente esa doctrina, les dio el valor para morir antes que negarla.

Siglos después, el presbiterianismo florecería en Brasil de manera sorprendente. El misionero norteamericano Ashbel Green Simonton llegaría a Río de Janeiro en 1859 y comenzaría a plantar iglesias que eventualmente se convertirían en la Iglesia Presbiteriana del Brasil, una de las denominaciones reformadas más grandes de América Latina. No es difícil trazar una línea, aunque invisible, entre los mártires de la bahía de Guanabara y las congregaciones que siglos después cantarían himnos en ese mismo territorio.

La historia de Calvino y Brasil es, en el fondo, una historia sobre la soberanía de Dios. Los planes de los hombres se frustraron. Un almirante traicionero, condiciones adversas, martirio, destrucción de la colonia. Todo parecía indicar que Dios no estaba en eso. Pero la perspectiva reformada nos enseña a leer la historia de otra manera, a ver que los caminos de Dios son más altos que los nuestros, que su propósito no puede ser interrumpido por la traición de ningún Villegagnon, y que la sangre de quienes mueren confesando la gracia no se pierde, sino que cae sobre la tierra como una semilla que espera su tiempo.

Los nombres de Jean du Bourdel, Matthieu Verneuil y Pierre Bourdon no aparecen en la mayoría de los libros de historia. Pero están escritos en otro libro. Y eso, al final, es lo único que importa.

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