Hay errores doctrinales que son fáciles de identificar porque son brutales en su franqueza. El pelagianismo es uno de ellos: niega el pecado original, proclama la capacidad natural del hombre para elegir el bien y reduce la gracia a una ayuda externa prescindible. Cualquier cristiano medianamente instruido puede ver el problema.
Pero hay otro tipo de error, quizás más peligroso precisamente porque es más difícil de detectar. Es el error que suena razonable, que parece equilibrado, que parece preservar tanto la gracia de Dios como la responsabilidad del hombre. Es el error que dice: «Por supuesto que la gracia es necesaria. Por supuesto que el hombre está caído. Pero el hombre todavía puede dar el primer paso, todavía puede iniciar el movimiento hacia Dios, y entonces Dios responde con su gracia.»
Ese es el semipelagianismo. Y es, sin exageración, la teología implícita de la mayoría del evangelicalismo global en el siglo XXI.
No es la herejía del ateo ni del moralista secular. Es la herejía del creyente sincero que ama a Dios, lee la Biblia y va a la iglesia, pero que —sin saberlo— ha puesto al hombre en el centro de la salvación y a Dios en el papel de quien responde a la iniciativa humana. Es la herejía más difícil de combatir porque se parece tanto al evangelio que muchos nunca notan la diferencia. Y la diferencia, sin embargo, lo cambia todo.
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo.” — Efesios 2:4-5
Cuando Agustín venció doctrinalmente al pelagianismo en los concilios africanos de principios del siglo V, muchos en la Iglesia respiraron aliviados. Pero la victoria no fue tan limpia como parecía. Las doctrinas de Agustín sobre la predestinación soberana, la gracia irresistible y la incapacidad total de la voluntad caída generaron una reacción en el otro extremo: no el rechazo frontal de Pelagio, sino una posición intermedia que intentaba preservar tanto la gracia como la libertad humana sin comprometerse plenamente con ninguna de las dos.
Esta posición intermedia surgió principalmente en los monasterios del sur de la Galia —la actual Francia meridional— y recibió el nombre de semipelagianismo, aunque sus propios defensores nunca se llamaron así. Ellos se consideraban a sí mismos guardianes del equilibrio y la moderación frente a los «extremos» de Pelagio y Agustín.
Juan Casiano, fundador del Monasterio de San Víctor en Marsella y autor de las célebres Conferencias y las Instituciones Cenobíticas, fue el principal articulador del semipelagianismo galo. Casiano era un monje profundamente serio, hombre de oración y experiencia espiritual, cuya espiritualidad monástica le llevaba a conceder un papel activo al esfuerzo humano en la vida espiritual.
Para Casiano, la posición agustiniana de la gracia irresistible y la predestinación soberana era teológicamente problemática porque destruía el ascetismo monástico: si todo es obra de Dios y el hombre no puede hacer nada de sí mismo, ¿para qué el ayuno, la vigilia, la disciplina corporal y el esfuerzo espiritual? Casiano defendía que el hombre podía dar el primer paso —por pequeño que fuera— hacia Dios, y que Dios en su gracia respondía a esa iniciativa completando lo que el hombre había comenzado.
En su Conferencia XIII, «Sobre la protección de Dios», Casiano elaboró su posición con cuidado: a veces Dios toma la iniciativa y da la gracia sin que el hombre la busque (como en la conversión de Pablo); pero otras veces el hombre desea el bien, busca a Dios, da el primer paso, y Dios responde. Ambas posibilidades coexisten, y ninguna debe absolutizarse. Lo que Casiano no podía aceptar era que la gracia de Dios fuera siempre la iniciativa, que el hombre nunca pudiera contribuir con su propio movimiento inicial.
Vicente de Lérins, monje de la isla de Lérins frente a las costas de la Provenza, defendió el semipelagianismo desde un ángulo diferente: el de la tradición. Para Vicente, la novedad de las doctrinas agustinianas sobre la predestinación era en sí misma una señal de su falsedad. Su célebre criterio de ortodoxia —lo que ha sido creído «en todas partes, siempre y por todos» (quod ubique, quod semper, quod ab omnibus)— lo usó precisamente como argumento contra Agustín: si la predestinación soberana era una novedad, no podía ser ortodoxa.
La ironía histórica es que este criterio de Vicente —la universalidad, la antigüedad y el consenso como marcas de la verdadera doctrina— terminaría siendo usado por los católicos romanos contra los reformadores siglos después, cuando en realidad el mismo criterio aplicado con honestidad apoya la doctrina agustiniana de la gracia.
Fausto de Riez, obispo en la Provenza durante la segunda mitad del siglo V, llevó el semipelagianismo a su expresión más explícita y sistemática. En su obra De Gratia («Sobre la Gracia»), Fausto argumentó que la gracia divina y la voluntad humana cooperan en la salvación, y que el primer movimiento puede provenir del hombre. Llegó incluso a afirmar que la gracia de Dios era, en cierto sentido, una respuesta a la buena disposición que el hombre muestra.
Esta obra fue condenada específicamente en el Segundo Concilio de Orange de 529 d.C., aunque sin mencionar a Fausto por nombre.
El Segundo Concilio de Orange, celebrado en la ciudad de Orange (sur de Francia) en el año 529 d.C., fue convocado bajo la influencia decisiva de Cesáreo de Arlés, obispo profundamente agustiniano, y contó con el respaldo doctrinal de materiales preparados por el propio Fulgencio de Ruspe, el mayor teólogo agustiniano de la época. Sus 25 cánones y una conclusión dogmática constituyeron la condena más sistemática y precisa del semipelagianismo en la historia de la Iglesia.
Los cánones de Orange condenaron explícitamente las posiciones semipelagianas en sus puntos neurálgicos:
La conclusión doctrinal del Concilio remata la condena con una afirmación positiva de la gracia agustiniana:
“Nos persuadimos de que según la fe católica hemos de creer y confesar que después del pecado del primer hombre, la voluntad libre quedó tan inclinada y debilitada que nadie puede después amar a Dios como se debe, creer en Dios, o obrar por Dios, si la gracia de la misericordia divina no le precede.”
«La gracia que precede»: esta es la condena directa del semipelagianismo. No es que la gracia siga a la iniciativa humana; es que la gracia precede cualquier movimiento humano hacia Dios. Esta afirmación es incompatible con cualquier sistema que ponga el primer paso en el hombre.
Aunque el Segundo Concilio de Orange condenó el semipelagianismo y fue aceptado como normativo en Occidente, la práctica teológica del catolicismo medieval y post-tridentino derivó frecuentemente hacia posiciones que, si no son técnicamente semipelagianas, producen efectos semipelagianos en la soteriología práctica.
El Concilio de Trento (1545–1563), en su decreto sobre la justificación, afirmó que la gracia preveniente es necesaria para el inicio de la fe pero que el hombre puede «disponerse» a recibirla, y que la justificación es un proceso en el que la voluntad humana coopera con la gracia. La distinción entre gracia «preveniente» (que Dios da sin mérito humano) y gracia «cooperante» (en la que el hombre coopera libremente) abre la puerta a una soteriología donde el hombre contribuye sustancialmente a su propia justificación.
Los reformadores —especialmente Calvino— vieron en esto una recaída de facto en el semipelagianismo, aunque expresada en un lenguaje más técnico y matizado que el de Casiano.
El jesuita español Luis de Molina desarrolló en su Concordia un sistema teológico conocido como molinismo, que intentaba reconciliar la gracia soberana de Dios con la libertad humana mediante el concepto de «ciencia media» (scientia media): Dios conoce de antemano, en todas las circunstancias posibles, qué decidiría libremente cada ser humano, y diseña la historia de tal manera que las circunstancias correctas producen la decisión correcta en los elegidos. De este modo, Dios garantiza el resultado sin violar la libertad humana.
El molinismo fue condenado por los teólogos dominicos —especialmente Domingo Báñez— como una forma sofisticada de semipelagianismo que sitúa el fundamento último de la elección en la decisión libre prevista del hombre, no en la gracia soberana de Dios. La controversia entre molinistas y tomistas, conocida como la De auxiliis, dividió al catolicismo durante décadas sin resolución definitiva.
Jacobo Arminio (1560–1609) y sus seguidores —conocidos como los Remonstrantes— presentaron en 1610 sus «Cinco Artículos de Remonstración», que constituyen la versión más influyente del semipelagianismo en el protestantismo. Las posiciones remonstrantistas incluían:
El Sínodo de Dort (1618–1619) respondió con los cinco puntos que hoy se conocen como el acrónimo TULIP, condenando las posiciones remonstrantistas como incompatibles con la doctrina bíblica de la gracia. La depravación total, la elección incondicional, la expiación particular, la gracia irresistible y la perseverancia de los santos fueron afirmadas como la respuesta reformada al semipelagianismo arminiano.
El semipelagianismo contemporáneo no se presenta con ese nombre. Se presenta como sentido común teológico, como la posición equilibrada entre los extremos del calvinismo «frío» y el pelagianismo «liberal». Su frase característica es alguna variación de estas:
En todas estas formulaciones la estructura es idéntica: Dios provee, el hombre decide. La salvación queda en suspenso hasta que el factor humano —la decisión, el «sí», la aceptación— complete lo que Dios ha iniciado. Y en ese esquema, el factor determinante final de quién se salva y quién no es el hombre, no Dios.
El movimiento de evangelismo masivo del siglo XIX y XX —especialmente en la tradición de Charles Finney, D.L. Moody y Billy Graham— popularizó el formato de la «invitación al altar» como mecanismo de conversión. En este esquema, el predicador expone el evangelio y luego invita a los oyentes a «tomar una decisión» levantando la mano, pasando al frente o repitiendo una oración.
La teología implícita de este formato es semipelagiana: la conversión es principalmente una decisión que el hombre toma, facilitada por la proclamación del evangelio. No se niega que el Espíritu Santo actúa, pero el acto determinante es la decisión humana. El famoso teólogo Charles Finney llevó esta lógica a su conclusión más consistente: la conversión es el resultado natural de aplicar las «medios correctos» de persuasión; si se presentan los argumentos correctos en el contexto correcto, el hombre naturalmente elegirá convertirse. Finney negó explícitamente la depravación total y la gracia regeneradora como obra soberana del Espíritu.
En el contexto latinoamericano y del evangelicalismo hispano, el semipelagianismo es prácticamente la posición por defecto. La enorme influencia del pentecostalismo arminiano, las iglesias de corte carismático y los movimientos de crecimiento numérico han producido una cultura eclesiástica donde:
El teísmo abierto, desarrollado por teólogos como Clark Pinnock, John Sanders y Gregory Boyd, lleva el semipelagianismo a sus conclusiones más radicales. Para preservar la libertad genuina del hombre, el teísmo abierto niega la presciencia exhaustiva de Dios: Dios no conoce de antemano las decisiones libres de los seres humanos porque esas decisiones son genuinamente abiertas. Dios «toma riesgos», aprende de los eventos históricos y ajusta sus planes en respuesta a las decisiones humanas.
El resultado es una teología donde Dios es reactivo, la providencia es incierta y la salvación depende en última instancia de decisiones que ni siquiera Dios puede garantizar de antemano. Es el semipelagianismo llevado hasta su lógica final: si el hombre tiene que tener la libertad real de decir no, entonces ni siquiera Dios puede saber con certeza quién se salvará.
“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.”
El sujeto que comenzó la obra es Dios, no el creyente. Pablo no dice «el que respondió a vuestra decisión» ni «el que completó lo que vosotros iniciaron»: dice que Dios es quien comenzó. El origen de la obra salvífica no está en el hombre; está en Dios. Y lo que Dios comienza, Dios lo termina: la continuidad de la salvación también es obra suya, no del esfuerzo humano.
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.”
Juan enumera específicamente lo que no produce el nuevo nacimiento: la sangre (herencia natural), la voluntad de carne (impulso natural), la voluntad de varón (decisión humana deliberada). Y concluye: «sino de Dios». La regeneración no es producida por la voluntad humana, por más sincera, determinada o bien orientada que sea. Es producida exclusivamente por Dios.
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos.”
La promesa de la nueva alianza en Ezequiel es radicalmente unilateral: Dios dará, Dios pondrá, Dios quitará, Dios hará. No hay condición previa que el hombre deba cumplir. El corazón de piedra no decide convertirse en corazón de carne: Dios lo quita soberanamente y lo reemplaza. El semipelagianismo necesita un texto que diga «si tú decides ablandarte, Dios pondrá en ti un corazón nuevo»; pero el texto dice exactamente lo contrario.
“Y los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.”
El orden en este texto es explícito y determinante: la ordenación para vida eterna precede y explica la fe, no al revés. El texto no dice «creyeron y Dios los ordenó para vida eterna»; dice «creyeron todos los que estaban ordenados». La elección soberana de Dios es el fundamento de la fe, no su consecuencia. Esta es la inversión exacta de la lógica semipelagiana, que pone la fe prevista del hombre como fundamento de la elección de Dios.
“¿Quién te distingue? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?”
La pregunta de Pablo es demoledora para el semipelagianismo. Si la diferencia entre el creyente y el incrédulo es que el creyente tomó la decisión correcta, entonces el creyente tiene algo —su decisión— que no recibió, que produjo él mismo. Y entonces tiene motivo de gloria. Pero Pablo dice que todo ha sido recibido, que no hay nada propio, que ningún «sí» humano es de suyo. Si incluso la fe y la decisión son dones recibidos de Dios, entonces no hay nada en el creyente que no venga de la gracia.
La tradición reformada no niega que Dios use medios —la predicación del evangelio, la conversación, el testimonio— en la obra de la salvación. Lo que niega es que esos medios produzcan su efecto por la cooperación de la voluntad natural del hombre. La gracia que Dios usa es eficaz: no se limita a poner las condiciones para que el hombre decida; produce en el hombre la disposición, el deseo y la capacidad de creer.
El Catecismo Mayor de Westminster, pregunta 67, describe así la llamada eficaz:
“La llamada eficaz es la obra del poder y la gracia de Dios… iluminando sus mentes espiritual y salvíficamente para entender las cosas de Dios; renovando y determinando poderosamente su voluntad para que hagan lo que es bueno… de tal manera que ellos vienen libremente, siendo hechos dispuestos por su gracia.”
La clave es el último fragmento: «vienen libremente, siendo hechos dispuestos por su gracia». La libertad no se destruye; se crea. El hombre que viene a Cristo lo hace libremente —sin coacción externa— pero esa libertad es el producto de la gracia regeneradora, no su condición previa.
Juan Calvino, en la Institución (III.II.33-36), argumentó que la fe no es la causa de la regeneración sino su efecto. La regeneración —la obra del Espíritu que renueva el corazón— produce la fe, y la fe es el instrumento mediante el cual el creyente se apropia de Cristo. Invertir ese orden —hacer de la fe la condición que activa la regeneración— es exactamente el error semipelagiano: pone al hombre antes que a Dios en el orden de la salvación.
Calvino también desarrolló la doctrina del testimonio interno del Espíritu Santo (testimonium internum Spiritus Sancti): la certeza de la fe no se funda en la fortaleza de la decisión humana sino en la obra del Espíritu que sella la verdad del evangelio en el corazón. Si la seguridad dependiera de la solidez de mi «sí», sería una seguridad frágil. Depende de la obra del Espíritu, y por eso es firme.
Los Cánones de Dort, en su tercero y cuarto punto, articulan con precisión quirúrgica la diferencia entre la gracia reformada y la gracia semipelagiana:
“Esta gracia de la regeneración… no actúa solamente sobre los hombres de forma que la aceptación o rechazo de la gracia dependa de su libre voluntad, sino que es una operación absolutamente sobrenatural, muy poderosa y a la vez dulcísima, maravillosa, oculta y de eficacia inexpresable, que no es inferior en intensidad, según el testimonio de la Escritura… de suerte que todos aquellos en quienes Dios obra de esta admirable manera son cierta e infaliblemente regenerados y creen de hecho.” — Cánones de Dort III/IV.12
«Cierta e infaliblemente regenerados»: esto es exactamente lo que el semipelagianismo no puede decir. En el semipelagianismo, la regeneración es posible —Dios ha provisto los medios— pero no cierta, porque depende de la decisión humana. En la doctrina reformada, cuando Dios actúa eficazmente en el corazón, el resultado es infalible. No porque la voluntad sea destruida sino porque es transformada de tal manera que quiere libremente lo que Dios quiere que quiera.
La diferencia entre el semipelagianismo y la gracia reformada no es solo académica. Tiene consecuencias profundas para la vida devocional, la seguridad de la salvación y la adoración:
El semipelagianismo es la herejía de las buenas intenciones. Quiere honrar tanto a Dios como al hombre, preservar tanto la gracia como la libertad, afirmar tanto la soberanía divina como la responsabilidad humana. Y en ese intento de equilibrio termina deshonrando a ambos: reduce a Dios a un ser que necesita el permiso del hombre para actuar, y reduce al hombre a alguien que puede por sus propias fuerzas dar un primer paso hacia el Dios infinito desde su condición de muerte espiritual.
La doctrina reformada de la gracia no destruye la responsabilidad humana ni convierte al hombre en un robot. Afirma que la responsabilidad humana es real y el arrepentimiento y la fe son actos genuinos del hombre. Pero afirma también que esa responsabilidad se ejerce dentro de una humanidad que ha sido recreada por la gracia soberana de Dios, que el arrepentimiento genuino es don de Dios (Hch. 11:18), que la fe genuina es obra del Espíritu (Fil. 1:29) y que «el querer como el hacer» son operados por Dios en el creyente (Fil. 2:13).
La gracia bíblica no necesita el permiso del hombre. La precede, la produce y la preserva. Y precisamente porque no depende del hombre, puede garantizar lo que ningún sistema semipelagiano puede garantizar: que los que el Padre dio al Hijo «no se perderán, y yo los resucitaré en el día postrero» (Jn. 6:39).
Esa es la roca sobre la que descansa la esperanza cristiana. No la solidez de nuestra decisión, sino la fidelidad inamovible de la gracia de Dios.
“Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” — Filipenses 2:13
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