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Biblia Valenciana 1478

📅 July 13, 2026 🏷 Historia

En una vitrina de la Hispanic Society de Nueva York se conserva una sola hoja impresa a doble cara. Es todo lo que queda —el único despojo material— de una Biblia entera que fue perseguida, requisada y quemada hasta hacer dudar durante siglos de que hubiera existido. Esa hoja habla valenciano. Y es más antigua que cualquier Biblia jamás impresa en castellano.

Esta es la historia de la Biblia Valenciana de 1478: la primera Biblia impresa en la Península Ibérica, una de las primeras del mundo en cualquier lengua romance, y una de las grandes joyas culturales que la historia oficial prefirió olvidar. Una historia de plagas, herencias, imprentas alemanas, conversos, inquisidores y un fantasma de papel que reapareció en una masía del Pirineo. Vamos por partes.

El hombre: de abogado con once hijos a cartujo traductor

El protagonista se llama Bonifaci Ferrer (Valencia, 1350 – Altura, 1417), y su vida ya daría para una novela antes de tocar una sola línea de la Escritura. Era el hermano mayor de san Vicente Ferrer, el célebre predicador dominico. Pero mientras Vicente se hacía fraile, Bonifaci tomó el camino opuesto: estudió leyes en la Universidad de Lérida y luego en Perusa, Italia, donde tuvo como maestro nada menos que a Baldo degli Ubaldis, uno de los juristas más famosos de toda la Edad Media.

De vuelta en Valencia se casó con Jaumeta Despont, tuvo once hijos, ejerció como asesor de la Justicia y llegó a ser embajador del Reino de Valencia. Una vida burguesa, próspera, plenamente laica. Hasta que la peste lo cambió todo: en poco tiempo perdió a su esposa y a nueve de sus once hijos. Roto por el duelo, y bajo la influencia de su hermano, ingresó como monje en la Cartuja de Portaceli, en la sierra de Serra (Camp de Túria), de la que llegó a ser prior hacia 1400 y, más tarde, General de toda la Orden Cartuja.

Curiosidad · Los dos hermanos que eligieron un rey

En 1412, Bonifaci y su hermano Vicente fueron dos de los nueve compromisarios de Caspe, los hombres que decidieron quién heredaría la Corona de Aragón tras morir el rey sin descendencia. Ambos hermanos votaron por Fernando de Antequera, de la casa de Trastámara. Es decir: el futuro traductor de la Biblia al valenciano tuvo en sus manos, literalmente, el destino político de la Corona. Pocos traductores bíblicos pueden presumir de haber coronado a un rey.

Dónde y cómo se tradujo

Fue en el silencio de Portaceli, hacia el año 1400, donde Bonifaci Ferrer emprendió su obra más perdurable: verter la Biblia entera de lengua latina a la valenciana, tomando como base la Vulgata de san Jerónimo. No trabajó solo; el propio colofón reconoce que le ayudaron «otros singulares hombres de ciencia», casi con seguridad un pequeño equipo de monjes, dada la magnitud del encargo. La traducción es célebre por su extrema literalidad: sigue la Vulgata palabra por palabra, casi calcándola, con un valenciano de sabor arcaizante.

Ferrer murió en 1417 sin ver su Biblia impresa —la imprenta ni siquiera existía todavía en Europa—. Su manuscrito quedó dormido durante seis décadas. Y aquí es donde la historia se vuelve deliciosamente enredada.

1477: la imprenta, el mercader alemán y el manuscrito equivocado

Sesenta años después, unos impresores valencianos decidieron imprimir una Biblia en la lengua del reino. La operación fue de todo menos artesanal-doméstica: la financió Felip Vizlant, un rico mercader alemán de Isny, y la ejecutaron dos maestros impresores, el castellano Alfonso Fernández de Córdoba (que era platero de oficio) y el alemán Lambert Palmart, el hombre que había introducido la imprenta en Valencia. Se tiraron unos 600 ejemplares, entre febrero de 1477 y marzo de 1478.

Pero, ¿qué texto imprimir? Aquí viene el primer giro. Según las actas que se conservan, primero intentaron usar una Biblia «lemosina» de un converso apellidado Llagostera —posiblemente el propio texto arcaico de Ferrer—, pero resultaba trabajoso pasarla al valenciano corriente. Así que recurrieron a otra copia, la que poseía el noble caballero Berenguer Vives de Boïl. Y para revisarla y corregirla contrataron a un corrector de la imprenta: Daniel Vives, un judío converso. Recuerda bien este nombre, porque será el que pague los platos rotos.

Anécdota · «Adoba»

Antes de imprimirse, el texto fue revisado por el dominico e inquisidor Jaume Borrell. Las actas del proceso describen la escena de corrección con un detalle precioso: Daniel Vives iba leyendo en voz alta el manuscrito en valenciano mientras el fraile Borrell seguía el texto latino de la Vulgata. Cada vez que aparecía una discrepancia o algo confuso, el dominico ordenaba con una sola palabra: «adoba» —es decir, «arréglalo», «corrígelo»—. Una Biblia corregida a golpe de «adoba», con el inquisidor de un lado y el converso del otro. Nadie imaginaba entonces que aquella colaboración acabaría en la cárcel.

El colofón: la partida de nacimiento de una lengua

La única hoja superviviente contiene el final del Apocalipsis y el colofón, ese párrafo con el que los impresores firmaban la obra. Su valor es doble: no solo fecha y acredita la Biblia, sino que constituye una de las primeras menciones explícitas del valenciano como lengua propia. Dice así, en el original de 1478:

«Acaba la Biblia, molt vera e catholica, treta de una Biblia del noble mossen Berenguer Vives de Boïl, cavaller, la qual fon trelladada de aquella propia que fon arromançada, en lo Monestir de Portaceli, de lengua latina en la nostra valenciana, per lo molt reverend micer Bonifaci Ferrer… germà del benaventurat sanct Vicent Ferrer, del Orde de Pricadors.» «Acaba la Biblia, muy verdadera y católica, sacada de una Biblia del noble mosén Berenguer Vives de Boïl, caballero, la cual fue trasladada de aquella misma que fue arromanzada, en el Monasterio de Portaceli, de lengua latina a nuestra valenciana, por el muy reverendo micer Bonifaci Ferrer… hermano del bienaventurado san Vicente Ferrer, de la Orden de Predicadores.»

Antes que el castellano: casi un siglo de ventaja

Aquí está el dato que corta la respiración. La Biblia Valenciana se imprimió en 1478. La primera Biblia completa impresa en castellano traducida directamente de los originales fue la célebre Biblia del Oso, de Casiodoro de Reina, publicada en Basilea en 1569. Entre una y otra median noventa y un años.

Conviene ser precisos, porque el matiz importa: existía una Biblia alfonsina castellana del siglo XIII (hacia 1280), pero era un manuscrito traducido del latín, no un libro impreso, y nunca corrió por el pueblo. Cuando hablamos de Biblias impresas, la valenciana no solo se adelanta a la castellana: es la primera de toda la Península Ibérica y la tercera del mundo en una lengua viva moderna, solo por detrás de una traducción alemana (1466) y una italiana (1471). Para dimensionarlo: cuando salió de la imprenta valenciana, a Martín Lutero todavía le faltaban cinco años para nacer. La Biblia en lengua del pueblo hablaba valenciano décadas antes de que el monje de Wittenberg tradujera una sola línea al alemán.

El matiz de la lengua

El colofón dice literalmente «la nostra valenciana», y por eso esta Biblia se celebra como un hito de la lengua valenciana. Conviene saber, para honrar la verdad, que la filología moderna considera el valenciano y el catalán como un mismo sistema lingüístico con nombres distintos según el territorio; de ahí que los estudiosos catalanes la reivindiquen también como «la primera Biblia impresa en catalán». Sea cual sea la etiqueta que uno prefiera, el hecho es incontestable: la Palabra de Dios se imprimió en la lengua romance de la Corona de Aragón mucho antes que en la de Castilla.

1478: el peor año posible para publicar una Biblia

El destino tiene su ironía. Precisamente en 1478, el mismo año en que la Biblia Valenciana salía a la luz, los Reyes Católicos obtenían del papa Sixto IV la bula que autorizaba la creación de la Inquisición española: una de las maquinarias de control religioso y político más poderosas jamás instituidas. La Biblia de Ferrer nació, sin saberlo, junto a la máquina destinada a triturarla.

En la Corona de Aragón, la posesión de Biblias en lengua vulgar estaba en teoría prohibida desde tiempos de Jaime I, aunque en la práctica la norma se aplicaba con laxitud: los inventarios y testamentos de la época muestran que no era raro que los laicos acomodados tuvieran Biblias en romance en casa. Valencia vivía además su Segle d’Or, su Siglo de Oro literario: era la ciudad más culta y rica de la Península, la de Ausiàs March, Joanot Martorell y Roís de Corella. Una Biblia impresa en la lengua del pueblo encajaba a la perfección en aquel esplendor humanista.

Pero había un trasfondo delicado. Hay sólidos indicios de que la traducción se hizo, en buena medida, por y para los conversos valencianos, la comunidad más vigilada por la nueva Inquisición. Una Biblia en lengua vernácula, en manos de conversos, en el año fundacional del Santo Oficio: la mecha estaba encendida.

El proceso de 1483: buscando un culpable

Durante unos años no pasó nada. La Biblia circuló con aprobación inquisitorial —el propio colofón presume de haber sido «vista y reconocida» por el inquisidor Borrell—. Pero en abril de 1483, cuando el Santo Oficio empezó a extender sus tentáculos por Aragón, se abrió una investigación larga y minuciosa. Se interrogó a casi todos los implicados: al inquisidor Jaume Borrell, al obispo auxiliar Jaume Peres, al impresor Palmart, al cirujano Andreu Forcadell… y al corrector Daniel Vives.

El desenlace fue tan predecible como injusto. De todos los implicados, el único condenado y encarcelado fue Daniel Vives, el converso: el chivo expiatorio perfecto. Se ordenó requisar y quemar todos los ejemplares bajo pena de herejía. En Barcelona, otro inquisidor mandó a la hoguera cuantos libros en catalán relacionados con la Biblia pudo reunir, en la plaza del Rei. La orden fue tan eficaz que la Biblia desapareció por completo del mundo, y con el tiempo hubo eruditos que llegaron a dudar de que hubiera existido siquiera.

Curiosidad · El colofón mentía por omisión

Durante siglos, quienes conocían la existencia de la Biblia se negaban a creer que la Inquisición la hubiera destruido. Hoy sabemos, gracias a las actas del proceso descubiertas en el Archivo Histórico Nacional de Madrid por el investigador Jordi Ventura (publicadas en 1993), que el colofón contaba menos de lo que ocurrió. Aún más sabroso: el documentalista Enrique Pallás comparó la transcripción de Ventura con el original de las actas y descubrió que el propio Ventura había omitido fragmentos de las declaraciones. La historia de esta Biblia arrastra silencios en cada capa, hasta en la de sus propios investigadores modernos.

El fantasma que sobrevivió

El crimen no fue del todo perfecto. De los cientos de ejemplares condenados a la hoguera, sobrevivió una sola hoja —precisamente la última, con el final del Apocalipsis y el colofón—. Su odisea es digna de una película:

  • c. 1645 El monje cartujo Joan Baptista Civera, escribiendo la crónica de Portaceli —la cuna misma de la traducción—, recibe de un clérigo valenciano cuatro hojas de la Biblia perdida. Asombrado, inserta la última hoja en su manuscrito de los Annales.
  • c. 1800 El erudito Jaume Villanueva llega a ver ese manuscrito en su viaje literario por las iglesias de España. La pista aún existe.
  • 1835 Con la desamortización y la exclaustración de los monasterios, el manuscrito de Civera se pierde. La hoja vuelve a desaparecer.
  • finales s. XIX El manuscrito reaparece, contra todo pronóstico, en una masía de Bellver de Cerdanya, en pleno Pirineo. El payés que lo custodiaba no imaginaba lo que tenía entre las manos.
  • 1908 La sociedad cultural Lo Rat Penat presenta el manuscrito en Valencia. Solo entonces alguien repara en que allí, incrustada, está la hoja de la mítica Biblia quemada.
  • 1909 El gran especialista alemán en incunables Konrad Haebler estudia la hoja y confirma, sin lugar a dudas, que pertenece a la Biblia Valenciana desaparecida.
  • Hoy Tras pasar por un anticuario barcelonés, la hoja acabó en la Hispanic Society of America de Nueva York, donde se conserva y ha sido digitalizada en alta resolución. Un pedazo de la Valencia del siglo XV, a salvo al otro lado del Atlántico.

Y no es el único rastro. También sobrevivió el Salterio (el libro de los Salmos) extraído de esta Biblia, reimpreso en Barcelona hacia 1480, del que se guarda un ejemplar en París. Por si fuera poco, en 2011 y 2012 el investigador Jaume Riera i Sans halló en el Archivo Histórico Nacional de Madrid nuevos fragmentos en pergamino —uno de ellos usado como simple tapa de un legajo de 1560, con texto de los Hechos de los Apóstoles— que se atribuyen a la misma Biblia de Ferrer por sus rasgos lingüísticos. La Biblia quemada sigue, poco a poco, saliendo de sus cenizas.


Lo que sus cenizas nos enseñan

Es tentador leer esta historia con anteojos posteriores, y conviene resistir la tentación: Bonifaci Ferrer no fue ningún proto-reformador. Era un cartujo profundamente católico, hombre de confianza del papa Luna, que tradujo la Vulgata con reverencia y sin la menor intención de desafiar a Roma. Su Biblia se imprimió incluso con el visto bueno de un inquisidor.

Y sin embargo, su destino anticipa uno de los grandes pulsos de la historia cristiana: el del acceso del pueblo a la Palabra en su propia lengua. Décadas antes de que Lutero pusiera la Escritura alemana en manos de los campesinos, una Biblia en la lengua materna de todo un reino fue reducida a cenizas por temor a lo que ocurriría si la gente sencilla la leía por sí misma. La excusa fue la ortodoxia; el trasfondo fue el control. Esa tensión —entre custodiar la Palabra y liberarla— seguiría marcando a fuego el siglo siguiente.

De aquella Biblia entera, de sus cientos de ejemplares, de años de trabajo en el silencio de una cartuja, no nos queda más que una hoja tras un cristal en Nueva York. Pero esa hoja grita lo que las hogueras quisieron callar: que la Palabra de Dios habló valenciano antes que castellano, y que ninguna llama ha logrado jamás borrar del todo el deseo humano de leer a Dios en la lengua del corazón.

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