Chile, cien años de pentecostalismo y “el refugio de las masas”

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Por Hilario Wynarczyk.

En Chile celebrarán este año el centenario del pentecostalismo. Y en ese contexto resalta la investigación que en la década del 60 hizo Christian Lalive D’Epinay. El estudio de mayor repercusión que nos dejó en su etapa de investigación empírica en el Cono Sur del Hemisferio Americano (actualmente trabaja en otros temas en Suiza), fue su libro “El refugio de las masas: estudio sociológico del pentecostalismo chileno”, editado en 1968, con el auspicio del Consejo Mundial de Iglesias.  

Hace poco me invitaron a escribir un artículo sobre El refugio, para la Revista Cultura y Religión de la Universidad Arturo Pratt del Estado de Chile, que titulé “Un ensayo sobre sociología del pentecostalismo en clave política a partir de Christian Lalive D’Epinay y El Refugio”. Es un trabajo extenso y técnico. Para los que deseen conocerlo brindo los datos de la edición en línea, en esta nota al pie[1].  

Por el contrario, en el artículo que estamos leyendo, expongo nada más una selección del que fue publicado en Cultura y Religión, algo así como el quince por ciento del texto original. Desearía que el lector tuviese bien en cuenta este hecho.  

Chile el refugio pentecostal de los 60.  

De la obra de Christian Lalive D’Epinay surgen dos ideas clave: el “refugio” (en el pentecostalismo las personas se refugiaban, de acuerdo con esta perspectiva teórica, al cambiar drásticamente sus condiciones sociales, como veremos luego) y la huelga social, decurrente del refugio.  

La preocupación por el tema se comprende en un contexto de poderosas transiciones geopolíticas de posguerra, signadas por la emergencia de nacionalidades y movimientos sociales, así como de paralelas preocupaciones a escala internacional, entre las cuales podemos incluir las que pusieron de manifiesto el Concilio Vaticano II y el surgimiento del movimiento ecuménico.  

El crecimiento del pentecostalismo en Chile sería una función de las condiciones estructurales en las que un sector popular desarrolla su vida colectiva. En el espacio de una estructura social mutante, las conversiones pentecostales les brindarían a las personas cortadas de sus comunidades, una forma de adscripción a otras comunidades. En éstas, no obstante, ciertos rasgos estructurales del entorno tradicional de origen se mantendrían activos, alrededor de la congregación y la figura del pastor, y un sistema de creencias.  

En definitiva la comunidad pentecostal como sistema socializador en la ciudad chilena con un creciente proletariado periurbano, sería una metamorfosis del sistema social tradicional organizado en la hacienda. En la congregación el pastor desempeña, de acuerdo con esta perspectiva de análisis, un papel parecido al del hacendado. Y es asimismo, hacia fuera de la comunidad, un agente relacionador del colectivo con el contexto.  

En el trasfondo del análisis de D’Epinay, como en el de otros sociólogos latinoamericanistas de la década de los 60, se encuentra el contraste entre desarrollo-subdesarrollo en clave de materialismo dialéctico. Ambos términos del sistema se asocian como llaves maestras con los conceptos de centro y periferia, aunque no aparezcan explícitamente aquí; el centro puede ser un país, un grupo de países, una región, una provincia o un área urbana, con capacidad de atraer y dislocar personas procedentes de áreas rurales.  

Las ciudades que actúan como centros atraen individuos que en éstas terminan por hallarse desencajados de la estructura de producción tradicional que antes los contuvo (para Lalive D’Epinay: la hacienda). Muchos de estos individuos en las adyacencias periurbanas se sitúan en espacios de transición entre la cultura tradicional y la cultura moderna. Su estado personal y colectivo es de transición en la medida en que no se integran plenamente al sistema de producción moderno pero ya se fueron de la hacienda.  

En esta nueva situación los migrantes experimentan la ruptura de la unidad social y el orden representado por la hacienda. La cosmovisión del pentecostalismo, permitiría establecer una esperanza (en el imaginario de los actores) frente a la situación social de oprimidos y opresores. En el nuevo contexto social urbano, los grupos en desventaja podrían liberarse (imaginariamente) de la insatisfacción en el mundo (dominado por Satanás de acuerdo con el encuadre interpretativo de la realidad que les habría ofrecido el pentecostalismo) y ascender a un espacio donde hay nuevamente una integración.  

Paréntesis argentino. El refugio de Perón y Evita.  

Llegados a ese punto propongo un salto y un alejamiento momentáneo del texto. Las replicaciones o repeticiones de resultados suelen sen muy importantes para convalidar la fuerza de un concepto como descriptor y explicador de lo concreto. Si explica un fenómeno en dos lugares, un concepto es más fuerte. Y algo así sucede con el refugio. Creo haber alcanzado a comprender toda la fuerza expresiva de esta metáfora gracias a una diferente experiencia cognitiva. Las pinturas de Daniel Santoro retratan las creencias justicialistas de la primera hora, en la posguerra 1945-1955, como un panteón mítico que constituye “el bosque justicialista”. Este bosque, me dijo Daniel Santoro, era para el pueblo “el último refugio”. Este pintor usó espontáneamente la misma palabra: el refugio.  

En la colección “Leyenda del bosque justicialista” (que Santoro produjo en el 2004) la mamá de Juanito Laguna, un personaje originario de la pictórica de Antonio Berni (1905-1981), sintetiza el pueblo. Santoro representa al monstruo capitalista como el puma negro que se abalanza sobre la mamá de Juanito. Pero el espíritu del bosque la rescata. El espíritu del bosque justicialista aparece como “el último refugio de las masas”, dice Santoro. En ese espacio del imaginario colectivo había un pueblo, una mujer que lo protegía y podía llegar a ser muy severa (Evita, que protege al niño peronista y castiga al niño gorila, es decir, antiperonista) y un demonio (el capitalismo representado también como una serpiente). Perón era algo así como un padre que administraba la “tercera posición” (equidistante del comunismo y el capitalismo) mientras que Evita poseía un aire de santidad.  

Cerrando el punto, peronismo para el pintor Santoro, y pentecostalismo para el sociólogo suizo, habrían sido refugios de las masas. Pero la convergencia que señalo se refiere solamente al concepto del refugio. Todavía nos queda por considerar el otro concepto.  

La Huelga social.  

Cristian Lalive D’Epinay legó al ambiente académico especializado el concepto de “huelga social”, referente al apolitismo de las iglesias pentecostales, coetáneo pero a la vez antagónico, con respecto a la expansión de los socialismos en la década del 60.  

Lo que significa dicha idea para el análisis desde el interior del campo evangélico, surge en su plenitud del “Postfacio – comentario de un evangélico”, escrito por José Míguez Bonino, que cerraba el libro de Cristian Lalive D’Epinay. Decía José Míguez Bonino: “La iglesia es refugio, con la doble connotación del término: el lugar donde hallamos seguridad y nos sustraemos del peligro, pero también el lugar desde el que rehusamos enfrentar y vencer aquello que nos amenaza”. Desde ese núcleo emerge para el teólogo – recordemos que el comentario de Míguez Bonino tuvo lugar en 1968 – la contradicción de lo que es claramente un “ministerio al hombre oprimido” pero al mismo tiempo “parece ser un ministerio que lo inutiliza para transformar las condiciones de esa sociedad que continúa oprimiendo”.  

Sin embargo los resultados de Cristian Lalive D’Epinay en El refugio dejaron abiertas las posibilidades para otras escenas. Podemos preguntarnos en efecto, si las hipótesis que surgen de El refugio quedaron verificadas por el laboratorio de la historia y si el pentecostalismo podría llegar a ser un factor de mutación social en otros momentos y contextos nacionales, y en cuál sentido.+ (PE)  

(1) Wynarczyk Hilario. 2008. Un ensayo sobre sociología del pentecostalismo en clave política a partir de Christian Lalive D’Epinay y “El Refugio”. En: Revista Cultura y Religión. Universidad Arturo Prat del Estado de Chile. Volumen II, Número 2. [Número dedicado a la obra del sociólogo Christian Lalive D’Epinay y su libro titulado “El refugio de las Masas” (1968), sobre el pentecostalismo chileno]. Edición en línea: http://www.culturayreligion.cl/articulos_vol2_num2_2008.htm (*) Doctor en Sociología. Integra en calidad de socio fundador, la Asamblea Directiva del CALIR, Consejo Argentino para la Libertad Religiosa. Asesor de la Secretaría de Culto de la Cancillería 1999-2001. Socio de la Red Latinoamericana de Estudios Pentecostales, RELEP, y la Asociación de Cientistas Sociales de la Religión en el Mercosur, ACSRMS. PreNot 8099 090427 

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