“Somos una ciudad sobre una colina. Los ojos de todos los pueblos están puestos en nosotros.” — John Winthrop, a bordo del Arabella, 1630
Esa frase —pronunciada en medio del Atlántico antes de pisar tierra americana— lo dice todo. Estados Unidos no nació como un experimento político. Nació como un experimento teológico. Y entender su historia sin entender su teología es como leer un mapa sin saber dónde está el norte.
PARTE I: Los Peregrinos y la Ciudad sobre la Colina (1620–1700)
El Mayflower no era un barco político. Era un arca.
En 1620, 102 pasajeros cruzaron el Atlántico en el Mayflower. La mitad eran Separatistas —puritanos radicales que habían roto con la Iglesia de Inglaterra porque consideraban que la Reforma no había ido suficientemente lejos. El resto eran “extraños” (así los llamaban ellos), gente común que simplemente buscaba tierra.
Antes de desembarcar en Plymouth, firmaron el Pacto del Mayflower, un documento extraordinario. Su primer párrafo declara que el viaje se realizó “para la gloria de Dios y el avance de la fe cristiana”. No menciona la libertad económica. No habla de aventura. Habla de Dios.
William Bradford, gobernador de Plymouth durante más de 30 años, escribió en su diario Of Plymouth Plantation (1630–1651) estas palabras demoledoras sobre por qué dejaron Holanda:
“Sus hijos estaban siendo corrompidos por las costumbres del mundo… y muchos de ellos, bajo la presión de la pobreza, se veían obligados a labores excesivas que debilitaban sus cuerpos… ¿y qué futuro le esperaría a sus hijos?”
Bradford no huía de la persecución solamente. Huía de la secularización. Quería una comunidad donde el Evangelio moldeara cada aspecto de la vida pública. Eso es teología política en estado puro.
Cotton Mather y el terror de la gracia
Si hay un nombre que sintetiza la Nueva Inglaterra puritana, es Cotton Mather (1663–1728). Predicador de Boston, hijo y nieto de predicadores, hombre de una erudición pasmosa (se dice que dominaba siete idiomas y tenía la biblioteca privada más grande de América del Norte), Mather escribió más de 450 obras.
Su libro Magnalia Christi Americana (1702) —”Las grandes obras de Cristo en América”— es básicamente una teología de la historia norteamericana. Para Mather, Nueva Inglaterra era el Israel del Nuevo Testamento. Los puritanos eran el pueblo del pacto. Y Dios estaba obrando en el Nuevo Mundo de manera especial.
Pero Mather también es tristemente célebre por su rol en los Juicios de Salem (1692), donde 20 personas fueron ejecutadas acusadas de brujería. Su libro Wonders of the Invisible World (1693) justificó los juicios. Años después, uno de los jueces, Samuel Sewall, se arrepintió públicamente en la iglesia. Mather nunca lo hizo.
Ahí está la primera tragedia teológica americana: una visión del mundo donde Dios y el terror van de la mano.
PARTE II: El Gran Avivamiento — Cuando América Tembló (1730–1745)
“¡Pecadores en manos de un Dios airado!” — Jonathan Edwards, Enfield, Connecticut, 8 de julio de 1741
El sermón más famoso de la historia americana
Imagina una iglesia llena en un caluroso día de julio. Un hombre delgado, de voz moderada, sin gestos dramáticos, leyendo su sermón con calma. Y la congregación comenzando a gritar, aferrarse a las bancas, caer al suelo convulsionando.
Eso ocurrió cuando Jonathan Edwards predicó “Sinners in the Hands of an Angry God” en Enfield. El texto de Deuteronomio 32:35 —“A su tiempo su pie resbalará”— sirvió de trampolín para una de las descripciones más vívidas del juicio divino en la historia de la predicación:
“El Dios que te sostiene sobre el abismo del infierno, así como uno sostiene una araña sobre el fuego, te aborrece y está terriblemente enojado contigo; su ira hacia ti arde como el fuego…”
Edwards no era un demagogo emocional. Era el teólogo más brillante que ha producido suelo americano. Estudió en Yale a los 13 años. Leyó a Locke y a Newton. Escribió sobre libre albedrío, la naturaleza del amor y la psicología de los afectos religiosos con una profundidad filosófica que aún hoy asombra.
Su Treatise Concerning Religious Affections (1746) es, posiblemente, el análisis más fino que existe sobre cómo distinguir la verdadera conversión de la emocional. Era profundamente calvinista, y eso molestaba en una época que ya empezaba a enamorarse del libre albedrío humano.
George Whitefield: El primer famoso de América
Si Edwards era el teólogo, George Whitefield (1714–1770) era el evangelista. Y fue el primer hombre en ser famoso en las 13 colonias simultáneamente.
Whitefield cruzó el Atlántico 13 veces. Predicó en campos abiertos porque las iglesias no lo cabían. Benjamin Franklin —ateo confeso— fue a escucharle en Filadelfia con escepticismo, y terminó vaciando sus bolsillos en la ofrenda. Luego escribió:
“Era imposible no estar convencido de que Whitefield era sincero en lo que decía… Nunca había visto a sus oyentes tan afectados.”
Franklin incluso calculó, como buen científico, que Whitefield podía ser escuchado por 30,000 personas al aire libre sin amplificación.
Whitefield era calvinista arminianizado en su estilo pero no en su doctrina. Amigo y enemigo de John Wesley (discutieron teológicamente de por vida sobre la predestinación), Whitefield sostuvo siempre la elección soberana. Cuando le preguntaron si esperaba ver a Wesley en el cielo, respondió:
“No, señor. Él estará tan cerca del trono que yo no podré verle.”
El Primer Gran Avivamiento unificó espiritualmente a las colonias antes de que la política lo hiciera. Muchos historiadores argumentan que sin el avivamiento, no hay Revolución. El historiador Alan Heimert en Religion and the American Mind (1966) sostiene que el calvinismo evangélico del avivamiento creó el sustrato ideológico de la independencia americana.
PARTE III: La Revolución y Dios (1776)
¿Eran los Fundadores cristianos?
Esta es la pregunta que divide a historiadores y a predicadores americanos hasta hoy.
La respuesta honesta es: depende de cuál fundador.
- Samuel Adams: Calvinista convencido. Consideraba la Revolución un acto de obediencia a Dios.
- Patrick Henry: Anglicano devoto. “¡La libertad o la muerte!” lo dijo primero como sermón, luego como discurso político.
- John Adams: Unitario. No creía en la Trinidad. Admiraba la ética de Jesús pero rechazaba su divinidad.
- Thomas Jefferson: Deísta. Literalmente recortó con tijeras los milagros del Evangelio de su Biblia, produciendo lo que hoy se llama “La Biblia de Jefferson”.
- George Washington: Anglicano practicante pero notoriamente reservado. Nunca mencionó a “Jesucristo” en sus escritos públicos. Usaba palabras como “Providencia” y “El Todopoderoso”, pero evitaba el lenguaje cristiano específico.
- Benjamin Franklin: Deísta. Propuso en la Convención Constituyente (1787) que cada sesión comenzara con oración, y fue rechazado. Hamilton dijo que no necesitaban “ayuda extranjera”.
El reverendo John Witherspoon —el único clérigo firmante de la Declaración de Independencia, y calvinista escocés de pura cepa— lo expresó con claridad:
“No es suficiente que un hombre sea un buen cristiano. Debe serlo públicamente.”
La famosa frase de la Declaración —“dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables”— es teísta pero deliberadamente vaga. Fue diseñada para que calvinistas, anglicanos, cuáqueros y deístas pudieran firmarla. Es decir: la Declaración de Independencia fue un documento de consenso teológico mínimo, no de confesionalismo cristiano.
PARTE IV: El Segundo Gran Avivamiento y el alma del siglo XIX (1800–1860)
Charles Finney y la muerte del calvinismo popular
Si el Primer Gran Avivamiento fue calvinista, el Segundo fue su entierro.
Charles Grandison Finney (1792–1875) era abogado convertido en evangelista. Brillante, carismático, manipulador según sus críticos, reformador radical según sus admiradores. Su libro Lectures on Revivals of Religion (1835) revolucionó el evangelismo americano con una premisa radical:
“Un avivamiento no es un milagro. Es el resultado puramente filosófico del uso correcto de los medios constituidos.”
Traducción: si usas las técnicas correctas, puedes producir conversiones. El Espíritu Santo no es soberano; responde a los métodos del predicador.
Finney inventó el “banco de la ansiedad” (anxious bench): una banca al frente de la iglesia donde los que estaban “casi convertidos” eran sentados públicamente para que la presión social terminara el trabajo. También oraba por nombre a los inconversos desde el púlpito para avergonzarlos hacia la conversión.
El teólogo de Princeton Charles Hodge lo confrontó directamente, acusando a Finney de pelagianismo —la antigua herejía que afirma que el hombre puede elegir a Dios por su propio esfuerzo. Finney respondió que el calvinismo era “una doctrina que hace de Dios el autor del pecado”.
Este debate no fue académico. Determinó el ADN del evangelismo americano. Finney ganó culturalmente. La mayoría del protestantismo americano de hoy —con sus llamados al altar, decisiones por Cristo y evangelismo de presión— es finneysmo, no calvinismo.
El avivamiento de 1857: Cuando Wall Street se arrodilló
En septiembre de 1857, la economía americana colapsó. Bancos quebraron. Miles perdieron sus empleos. Y algo extraordinario ocurrió: los hombres de negocios de Nueva York comenzaron a reunirse a orar al mediodía.
Jeremiah Lanphier, un laico de la Iglesia Reformada Holandesa de Manhattan, convocó una reunión de oración el 23 de septiembre de 1857. A la primera reunión llegaron 6 personas. A la siguiente semana, 20. Al mes, llenaban el edificio.
El movimiento se extendió como fuego. Para la primavera de 1858, se estimaba que 10,000 hombres de negocios se reunían a orar diariamente en Nueva York. La prensa lo llamó “The Prayer Meeting Revival” o el Avivamiento de los Negocios.
El New York Tribune y el New York Herald cubrían los avivamientos con la misma intensidad que la bolsa de valores. Se calcula que durante ese año, un millón de personas hicieron profesión de fe en Estados Unidos —de una población de 30 millones.
Notablemente, este avivamiento no tuvo un predicador estrella. No hubo Whitefield ni Finney. Fue un avivamiento de oración laica. Y ocurrió en el epicentro del capitalismo americano.
PARTE V: La Guerra Civil — América se rasga (1861–1865)
“Ambos leen la misma Biblia y oran al mismo Dios, y cada uno invoca su ayuda contra el otro.” — Abraham Lincoln, Segundo Discurso Inaugural, 4 de marzo de 1865
La guerra más teológica de la historia americana
Ninguna guerra en la historia de Estados Unidos fue más teológicamente cargada que la Civil. Ambos bandos tenían predicadores. Ambos tenían Biblias. Ambos creían que Dios estaba de su lado.
El Sur justificaba la esclavitud con el “argumento patriarcal”: que Dios ordenó la esclavitud en el Antiguo Testamento, que Noé maldijo a Cam (Génesis 9), y que Pablo ordenó a los esclavos obedecer a sus amos. El reverendo Thornton Stringfellow publicó en 1856 Scriptural and Statistical Views in Favor of Slavery, un tratado bíblico pro-esclavitud que fue best-seller en el Sur.
El Norte abolicionista también tenía sus teólogos. Charles Hodge de Princeton (el mismo que combatió a Finney) argumentó con cuidado que la esclavitud tal como existía en el Sur americano era radicalmente diferente a la servidumbre bíblica —y que por tanto era pecado.
Pero el texto más poderoso vino de una mujer: Harriet Beecher Stowe. Su novela Uncle Tom’s Cabin (1852) vendió 300,000 copias en su primer año. Cuando Lincoln la conoció en 1862, supuestamente le dijo: “¿Así que es usted la pequeña mujer que escribió el libro que desató esta gran guerra?” (La anécdota es apócrifa pero ilustrativa.)
Stowe era hija de un predicador calvinista, hermana de un famoso predicador, y esposa de un teólogo. Su arma era la teología encarnada en narrativa.
Lincoln: El teólogo accidental
Abraham Lincoln nunca fue miembro de ninguna iglesia. Había leído a Tom Paine en su juventud. Sus enemigos lo llamaban ateo.
Y sin embargo, su Segundo Discurso Inaugural es considerado por muchos el texto teológico más profundo producido por un presidente americano. Lincoln interpretó la Guerra Civil como juicio divino sobre toda la nación —Norte y Sur— por el pecado de la esclavitud:
“Si Dios quiere que continúe hasta que toda la riqueza acumulada por 250 años de trabajo no remunerado del esclavo sea destruida, y hasta que cada gota de sangre derramada por el látigo sea pagada con otra derramada por la espada, como se dijo hace 3,000 años, así ha de decirse: ‘los juicios del Señor son verdaderos y justos en su totalidad’.”
El historiador Mark Noll —uno de los mejores historiadores del cristianismo americano— en su libro The Civil War as a Theological Crisis (2006) argumenta que la guerra no solo fue política sino epistemológica: ¿Puede la Biblia ser interpretada con suficiente claridad para resolver disputas morales públicas? El fracaso de la iglesia americana en condenar unánimemente la esclavitud dañó la credibilidad del protestantismo por generaciones.
PARTE VI: El Evangelio Social vs. el Evangelio del Alma (1870–1930)
Dos versiones de la salvación
Después de la Guerra Civil, el protestantismo americano se fracturó en dos grandes corrientes:
1. El Evangelio Social (Social Gospel) Liderado por teólogos como Walter Rauschenbusch (1861–1918), pastor bautista en Hell’s Kitchen, Nueva York. Su libro Christianity and the Social Order (1907) argumentó que el pecado no era solo individual sino estructural: el capitalismo desenfrenado era pecado colectivo que debía ser redimido colectivamente.
“La iglesia ha sido maravillosamente exitosa en salvar almas individuales del pecado. Ahora debe salvar a la sociedad del pecado colectivo.”
El Evangelio Social impulsó el movimiento sindical, las leyes contra el trabajo infantil, el sufragio femenino y la Prohibición.
2. El Fundamentalismo En 1910, empresarios californianos financiaron la publicación de The Fundamentals, 90 ensayos en 12 volúmenes que definían los fundamentos irrenunciables de la fe cristiana: la virginidad de María, la resurrección corporal, la inspiración verbal de la Biblia, la Segunda Venida literal.
El nombre “fundamentalista” nació de esos libros. Y nació como respuesta al modernismo teológico —la tendencia, importada de Alemania, de tratar la Biblia como cualquier otro texto histórico.
El Juicio Scopes de 1925 —el famoso “juicio del mono” sobre la enseñanza de la evolución en Tennessee— fue el momento en que el fundamentalismo perdió la batalla cultural. El abogado agnóstico Clarence Darrow humilló públicamente al político fundamentalista William Jennings Bryan. Los periódicos nacionales se burlaron de los fundamentalistas. Y estos se retiraron de la cultura pública… hasta 1976.
PARTE VII: Billy Graham y la América de la Guerra Fría (1945–1980)
El predicador de todos los presidentes
Billy Graham (1918–2018) fue consejero de todos los presidentes desde Truman hasta Obama. Ningún hombre en la historia del protestantismo había predicado el evangelio a más personas: se estima que más de 2,200 millones de personas lo escucharon en persona o por televisión a lo largo de su vida.
Su campaña en Los Ángeles de 1949 fue el lanzamiento. El magnate de los medios William Randolph Hearst envió un telegrama a sus editores: “Puff Graham” —promuevan a Graham. Nadie sabe exactamente por qué. Hearst no era cristiano. Pero Graham era anticomunista en plena Guerra Fría, y eso vendía periódicos.
Graham predicó un evangelio sencillo, directo, sin las complejidades de la teología reformada. Su método —el llamado al altar, la oración del pecador, la decisión personal— era herencia directa de Finney. Pero su carisma era genuino y su vida personal irreprochable.
Su relación con Richard Nixon fue su mayor vergüenza. En cintas grabadas en la Casa Blanca (reveladas en 2002), Graham aparece haciendo comentarios antisemitas, refiriéndose a los judíos como los que controlan los medios de comunicación. Cuando las cintas salieron, Graham, ya anciano, pidió perdón públicamente y dijo que estaba “avergonzado” de sí mismo.
La moraleja teológica es incómoda pero real: incluso los mejores predicadores son pecadores que necesitan gracia.
La Biblia y la Bomba Atómica
Hay una anécdota poco conocida pero teológicamente significativa: cuando se lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima en agosto de 1945, el capellán del avión Enola Gay, el padre George Zabelka, bendijo la misión. Años después se convirtió al pacifismo radical y pasó el resto de su vida arrepintiéndose, diciendo:
“Estaba predicando el Evangelio y bendiciendo la guerra. Eso era una contradicción que me tardé décadas en ver.”
En el otro extremo, el teólogo Reinhold Niebuhr —quizás el teólogo público más influyente del siglo XX americano— argumentó que la bomba, aunque trágica, era el “mal menor” en una teología del realismo político. Su libro The Nature and Destiny of Man (1941–1943) es la obra cumbre de la teología pública americana.
PARTE VIII: La Revolución de los Derechos Civiles — Teología en las Calles (1955–1968)
“Tengo un sueño… que un día esta nación se levante y viva el verdadero significado de su credo: ‘Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales’.” — Martin Luther King Jr., Washington D.C., 28 de agosto de 1963
El movimiento más teológico de la historia moderna americana
El Movimiento por los Derechos Civiles no fue un movimiento político con canciones religiosas. Fue un movimiento teológico que usó estrategia política.
Martin Luther King Jr. tenía un doctorado en teología sistemática de Boston University. Su tesis doctoral analizó las concepciones de Dios en Paul Tillich y Henry Nelson Wieman. Era un teólogo serio.
Su influencia vino de tres fuentes:
- La tradición del Evangelio Negro (Black Gospel tradition) —la iglesia bautista negra americana con su énfasis en el Éxodo como paradigma de liberación.
- El personalismo teológico de Boston —la idea de que Dios es personal y que cada persona tiene dignidad inviolable.
- Gandhi —quien a su vez había aprendido la no-violencia de Tolstói, que la había aprendido del Sermón del Monte.
Eso significa que el “I Have a Dream” tiene raíces que van desde los campos de algodón de Alabama hasta la India colonial, pasando por el Evangelio de Mateo.
La organización del movimiento era la iglesia negra. Las reuniones de organización se hacían en iglesias. Los líderes eran pastores. Los cantos eran himnos adaptados. “We Shall Overcome” era originalmente un himno gospel.
La otra cara: La teología del apartheid americano
Mientras King predicaba, otros pastores predicaban lo contrario. El reverendo Jerry Falwell Sr. —fundador de la Moral Majority— dijo en 1958:
“La Corte Suprema de los Estados Unidos es la corte más alta… a excepción de la Corte de los cielos. Creo que esta decisión [de desegregación] va contra la voluntad de Dios.”
Falwell se arrepintió públicamente de ese sermón décadas después. Pero ilustra la plasticidad ideológica de la teología cuando se mezcla con política: la misma Biblia, predicadores opuestos, conclusiones contradictorias.
PARTE IX: La Derecha Religiosa — Dios y el Partido Republicano (1979–2016)
Cómo el aborto unió a protestantes y católicos
En 1973, la Corte Suprema legalizó el aborto en Roe v. Wade. La reacción inicial del evangelicalismo protestante fue… moderada. La revista Christianity Today publicó editoriales matizadas. El aborto era visto como un “tema católico”.
Lo que cambió todo fue una figura improbable: Francis Schaeffer (1912–1984), teólogo calvinista reformado, que vivía en una commune intelectual en los Alpes suizos llamada L’Abri. Schaeffer argumentó en Whatever Happened to the Human Race? (1979) —coproducido con el médico C. Everett Koop, luego Cirujano General de Reagan— que el aborto era la consecuencia lógica del secularismo humanista, y que los evangélicos tenían obligación teológica de oponerse.
Jerry Falwell Sr. vio el video de Schaeffer y lo distribuyó masivamente. En 1979 fundó la Moral Majority, que catapultó a Ronald Reagan a la presidencia en 1980.
Ahí nació la Derecha Religiosa como fuerza política. Y con ella, una confusión teológica que persiste hasta hoy: la ecuación Republicano = Cristiano.
El historiador Kevin Kruse en One Nation Under God (2015) documenta cómo las grandes corporaciones americanas financiaron en los años 40 y 50 a predicadores que asociaran el capitalismo de libre mercado con el cristianismo. El resultado fue una teología del “Dios, familia y libre mercado” que no tiene mucho que ver con el Nuevo Testamento pero domina amplios sectores del evangelicalismo americano.
PARTE X: El Siglo XXI — Deconstrucción, Nacionalismo Cristiano y Reforma (2000–Hoy)
El 11-S y Dios
Tres días después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, Jerry Falwell declaró en el programa de Pat Robertson que los ataques eran el juicio de Dios sobre América por los homosexuales, los proveedores de abortos y la ACLU. La reacción fue tan negativa que se retractó 24 horas después.
Pero la pregunta teológica que planteó —¿es posible que Dios juzgue a las naciones?— es legítima y antigua. La respondió mejor el teólogo N.T. Wright en un ensayo inmediatamente posterior a los ataques, argumentando que Estados Unidos debía reflexionar sobre su política exterior antes de declarar una “cruzada” contra el terrorismo.
El presidente George W. Bush llamó a la guerra contra el terror “una cruzada” en una rueda de prensa. Luego se retractó cuando sus asesores le explicaron las connotaciones históricas. El desliz fue revelador.
El Nacionalismo Cristiano
El fenómeno más preocupante del evangelicalismo americano contemporáneo es el Nacionalismo Cristiano: la idea de que Estados Unidos fue fundado como nación cristiana y debe ser recuperado como tal.
El 6 de enero de 2021, entre los asaltantes del Capitolio había hombres con Biblias, cruces y camisetas de “Jesus Saves”. Uno llevaba una bandera que decía “An Appeal to Heaven” —el lema de los barcos de guerra de George Washington.
El teólogo Andrew Whitehead y el sociólogo Samuel Perry en Taking America Back for God (2020) documentan que aproximadamente el 20% de los americanos son Nacionalistas Cristianos convencidos, y otro 30% son “acomodados”. Su teología mezcla providencialismo americano, nostalgia cultural y política de derecha en una fusión que los teólogos reformados deberían reconocer como idolatría.
La Deconstrucción
Al mismo tiempo, millones de jóvenes americanos están “deconstruyendo” su fe. El término —tomado de Derrida pero usado popularmente— describe el proceso de desmantelar las creencias heredadas.
Las estadísticas son alarmantes: el porcentaje de “nones” (sin afiliación religiosa) en Estados Unidos pasó del 16% en 2007 al 28% en 2023, según Pew Research.
Las causas teológicas son múltiples: la hipocresía de líderes, el abuso sexual en iglesias, la politización del evangelio, la pobre catequesis.
Pero hay algo esperanzador: un movimiento de Reforma dentro del evangelicalismo americano que redescubre las raíces calvinistas. Teólogos como R.C. Sproul, John Piper, Tim Keller y —el más influyente en redes sociales— Paul Washer, están recuperando la soberanía de Dios, la gracia irresistible y la profundidad teológica que el finneysmo había enterrado.
Tim Keller, antes de su muerte en 2023, escribió en Prodigal Prophet sobre la necesidad de una iglesia que no se venda ni a la izquierda ni a la derecha, sino que predique a Cristo crucificado como el único poder transformador de culturas.
Conclusión: ¿Tiene América un destino teológico?
América no es el Israel del Nuevo Testamento. Esa fue la herejía de Winthrop, magnificada hasta el absurdo por siglos de excepcionalismo americano.
Pero la historia de Estados Unidos es imposible de entender sin la teología. Desde los puritanos de Plymouth hasta los asaltantes del Capitolio con cruces, desde Jonathan Edwards hasta Billy Graham, desde los abolicionistas bautistas hasta los pastores pro-esclavitud, la Biblia ha sido el libro más citado, más debatido y más malinterpretado en suelo americano.
Y eso nos enseña algo que los reformados siempre hemos sabido:
La Palabra de Dios no es una herramienta cultural. Es una espada de dos filos (Hebreos 4:12). Puede liberar o puede destruir, dependiendo de si se lee con humildad o con agenda.
La historia de América es la historia de un pueblo que tomó esa espada y a veces la usó para construir —y otras para matar.
La gracia de Dios es que la historia no ha terminado.
📚 Fuentes y lecturas recomendadas
| Autor | Obra | Año |
|---|---|---|
| Jonathan Edwards | Religious Affections | 1746 |
| Mark Noll | The Civil War as a Theological Crisis | 2006 |
| Mark Noll | A History of Christianity in the United States and Canada | 1992 |
| Alan Heimert | Religion and the American Mind | 1966 |
| Kevin Kruse | One Nation Under God | 2015 |
| Andrew Whitehead & Samuel Perry | Taking America Back for God | 2020 |
| Walter Rauschenbusch | Christianity and the Social Order | 1907 |
| Francis Schaeffer | Whatever Happened to the Human Race? | 1979 |
| Timothy Keller | Prodigal Prophet | 2018 |
| William Bradford | Of Plymouth Plantation | 1651 |
Este artículo forma parte de la serie “Teología e Historia” en teologiatulip.com — donde la soberanía de Dios se encuentra con la historia de los hombres.
