LOS OTROS ADORADORES DE YAWEH

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Las Escrituras nos muestran en varias partes que Dios se ha revelado de varias formas al hombre a través de la historia de la humanidad. Podemos ver en Eclesiastés 3:11 que Dios eternidad en nuestros corazones, y en Romanos 2:15 donde Dios también ha escrito su ley en nosotros y algún día nos juzgará en base a ello.


El dios de los ancestros era conocido por varios nombres. Por ejemplo en Éxodo 6:2-3 Dios se hace conocer como “El Shaddai” que ha sido traducido generalmente como “Dios Todopoderoso”. Considerando que el vocablo “El” se trata de un nombre personal (Dios). Podemos fundamentar esto porque “El” era también la divinidad principal en el panteón cananeo según los textos de la antigua Ugarit. Se daba por sentado que la divinidad que operaba en la vida de aquellos antiguos personajes, aunque ellos mismos no lo supieran, era el dios Yahvé, cuyo carácter sólo fue revelado a partir de Moisés. Para ellos Dios no era sólo una fuerza remota o impersonal, ni era alguien inalcanzable al que sólo se le podía acercar a través de una parafernalia religiosa compleja, estaba con ellos en los problemas de la vida cotidiana, por ejemplo ayudándoles a encontrar esposos o a tener hijos y también haciendo frente a sus necesidades personales y emocionales más profundas.

No es coincidencia que, para estas personas la manera más natural de describir a Dios fuera la de llamarlo “el Dios de mi padre” (Génesis 26, 24; 31, 5.29.42.53; 32, 9; 46,1.3; 48,15:49, 25; 50, 17), porque estaba tan unido a ellas como la propia familia. Efectivamente, en un sentido importante, él formaba parte de la misma, era su jefe y ellas eran sus hijos.

Apreciamos entonces que Dios a través de la descendencia de Set forma un remanente que busque estar con Él e invocarlo (Génesis 4:26), a pesar de la caída y la depravación por el pecado. Vemos el caso de Enoc que caminó con Dios. Podríamos hablar de Jetro, un madianita -descendiente de Abraham- que terminó siendo el suegro de Moisés. Entendemos que temía a Dios. Y así también podríamos pasar por Rahab – ciudadana de un pueblo que tenía conocimiento de un Dios llamado Jehová-, una prostituta quien da refugio a los espías israelitas. Y terminar con uno de los personajes más místicos del Pentateuco: Melquisedec.


Si Dios dio a los cananeos pruebas anteriores de su existencia, ¿acaso no lo pudo hacer con otros pueblos del mundo? o quizás con todos. Don Richardson recalca que Dios de antemano ha preparado a todos los pueblos del mundo para recibir el evangelio de Cristo. Un claro ejemplo son los atenienses con su monumento al “dios desconocido”. Ya tenían una reminiscencia de una religión monoteísta y un único creador y señor de todo lo que existe. Asimismo podríamos mostrar los testimonios que Richardson comenta de diferentes tribus de Asia y áfrica -como los Gedeos o los Mkaba- donde sus ancianos cuentan que sus antepasados adoraban a una divinidad que en varios casos tienen nombres o pronunciación parecida al Dios hebreo.

Igualmente esperaban la llegada de un mensajero o profeta para mostrarles un libro donde les enseñara los mandamientos del Dios de sus antepasados y cómo ser salvos. También Richardson muestra un testimonio de un sacerdote español de la colonia que coleccionó algunos himnos incaicos que mostraban que la deidad del Inti (Sol) no era la mayor, sino que existía un Dios mayor, Señor Omnipotente y Creador de todas las cosas, Wiracocha. Este era adorado por el Inca Pachacútec según la recopilación de estas tradiciones. Entonces concluir que Dios se ha dado a conocer desde el Pentateuco a otros pueblos y naciones para que lo adoren.

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